Miguel de Unamuno – Teatro completo – (II) La esfinge

Miguel de Unamuno Teatro Completo 1959 Aguilar ediciones
Miguel de Unamuno
Teatro Completo
1959 Aguilar ediciones

Continuamos con nuestra lectura de “La esfinge”, hablaremos ahora acerca de los personajes.

De Unamuno tenía el hábito de nombrar a sus personajes con nombres significativos respecto al rol que en la obra juegan, e incluso en su biografía. En la página 202 de Unamuno presenta sus personajes, comentaremos algunos de ellos.

“ÁNGEL, jefe revolucionario”, sintetiza de Unamuno,  es el personaje central, y podríamos decir que es <<el mensajero>>, quien habla en nombre del absoluto. La trama se centra a tal grado en él que la obra puede incluso interpretarse como únicamente compuesta por diálogos internos, como la lucha de un único yo entre su héroe y su sombra, imagen y reflejo.

“EUFEMIA, su mujer”, palabra de origen griego, eufemia es traducible aquí como “el bien hablar”. Puede verse a este personaje como a la voz del yo que clama por gloria, el ser admirado por otros y por tanto dedicar la existencia a ellos. Como mujer, busca la gloria como sustituto del sentido de la vida ausente para una mujer sin hijos en el siglo XIX.

“FELIPE”, de Unamuno llama a este personaje como al apóstol Felipe, puede vérsele como al amigo mas personal de Ángel, o como a la voz de la conciencia íntima de Ángel, su niño íntimo, quien a diferencia de Eufemia, pide a Ángel que busque la paz de la soledad, del retiro espiritual, para volver a amarse a sí mismo como principal paso en el camino de la vida, como condición necesaria de toda construcción auténtica con los otros.

“EUSEBIO”, la palabra eusebio es traducible aquí como “el bien actuar (obrar o hacer)”, es decir, “el piadoso”. Arenga a Ángel en su compromiso de líder político. Eusebio es también doctor, en varios pasajes se alude o da la impresión de que es un médico alienista (psiquiatra) que tiene a Ángel, además, por paciente.

“La Tía Ramona”, este personaje encarna el sentido común, lo que Sartre llamaría “lo que han hecho de nosotros”.

“Joaquín”, personaje cuyo nombre es el mismo del abuelo de Jesús de Nazaret. “José”. “Teodoro”. “Nicolás”, el mensajero. “Martina”, una de las hijas de Unamuno fue llamada Martina.

“La Esfinge” tiene lugar en una casa acomodada de la España de finales del siglo XIX.

El primer acto y escena comienza con Joaquín, Eusebio y Pepe adulando a Ángel por su oratoria, comparándolo con lo que se nos cuenta de los grandes oradores como Demóstenes, Cicerón, Mirabeau. Aquí las amistades aceptan, aprecian a Ángel mientras él se deje manipular, mientras sea para-otros lo que los otros aceptan y necesitan. Ángel por este camino descuidará su para-si, mientras que su en-sí, formado de acto (e historicidad) y posibilidad, le mostrará las alternativas de ser otro que el que se le reclama.

Los aduladores, manipuladores, le dirán que su discurso tuvo incluso aspectos religiosos, de sermón parroquiano, y lo festejan “…Trascendía a sermón, lo cual ayudó al efecto dando algo religioso al acto. El público está acostumbrado a los sermones… ¿Es que una revolución como la que preparamos no es acaso, un sagrado sacrificio?”. Aquí Unamuno trae al lector lo cotidiano del político, o militante que toma las ideas como absoluto, y al ser estas indiscutibles, son prácticamente religión, divinas palabras.

Unamuno ambivalente, dialéctico, luego de la protesta contra el fanatismo político, reconoce algo espiritual en toda obra humana.

Nicolás — No; una revolución es una revolución, una ley natural, lo mas humano que cabe.

Joaquín — Y de puro humano, divino…

Lo que no se tiene para uno, es imposible darlo a otros, la riqueza debe empezar por el propio espíritu. Sin embargo Eufemia solo se concentra en la gloria.

Eufemia — La verdad es que ese pobre pueblo merece cualquier sacrificio.

Ángel — ¡Ah! ¿Conque tú crees que debo sacrificarme por el pobre pueblo?

Pepe — ¿Y que duda cabe?

Ángel — Es verdad; hay que servirle. ¡Pobre pueblo! No sabe lo que quiere, pero algo quiere, mientras que nosotros sabemos lo que queremos, pero no querer. ¡Libertad, libertad! ¡Santa palabra! Pero libertad efectiva, real. Cuando la herida se cicatriza cae la costra que la protegió en un tiempo; así ha de caer toda autoridad humana. Hay que disolver las formas muertas; hay que romper la costra en que se tiene encerrado al pueblo, y que irrumpa y se derrame su contenido. Fío  en él. Es muy grande el instinto de las muchedumbres cuando no se le bastardea con imposiciones de afuera. {pág. 206}

Ángel reclama para el pueblo lo que él mismo  no sabe conseguir para sí, es imposible dar lo que no se tiene, “de la nada <<la ausencia>> nada sale”.

La herida del pueblo es su necesidad de ser conducido. El hombre político que no acepta el poder, el politólogo, es la figura de la costra que cae. También lo es el pueblo revolucionario que destrona a sus líderes, antes encumbrados, reclamando no tener aquello por lo que entregó el poder, Unamumo se fía de esta capacidad del pueblo. Esto es también una figura muy platónica, el pueblo está cegado dentro de la caverna y el politólogo les habla de la luz afuera. Por supuesto, también es el posterior “fanatismo” del que habló Marcel que se reivindica en el “grupo en fusión” sartriano.

A partir de ese momento, algo está dado que no es ni el grupo ni la serie, sino lo que llamó Malraux… el Apocalipsis, es decir, la disolución de la serie en el grupo en fusión. Y este grupo, aún no estructurado… totalmente amorfo, se caracteriza como lo contrario inmediato… en la relación serial… la unidad como Razón de la serie está siempre en otro lugar; en el Apocalipsis aunque la serialidad, se mantenga por lo menos como proceso en vías de liquidación -y aunque siempre pueda reaparecer-, la unidad sintética siempre está aquí… El barrio de Saint-Antoine siempre había vivido a la sombra de la Bastilla: ese castillo negro amenaza, no tanto como prisión, sino con sus cañones; es el símbolo de la fuerza represiva, como límite de un barrio miserable e inquieto… las posibilidades de autodeterminación en grupo le llegan al colectivo de las relaciones antagónicas que mantiene con un grupo ya constituido o una persona como representante de ese grupo.

{Extractos de la obra “Crítica de la razón dialéctica”, Libro II, “del grupo a la historia”, Jean Paul Sartre}.